ciencia incierta
13Sep/110

La línea divisoria

Si nuestro país tiene un alma, si existe tal cosa, se trata de un alma pulsátil que cicla entre dos estados: una empalagosa unidad solidaria que se suscita en tiempos de catástrofe y una insistente línea divisoria que emerge elocuente en medio de todas las discusiones importantes. Buena parte de esa división podría resumirse en el 11 de septiembre.

Todos los 11 de septiembre hay barricadas a un par de cuadras de la casa de mi madre. Las fogatas en plena calle dividen la población peligrosa y rebelde, del barrio de clase media donde se emplaza la municipalidad. La noche separa a las familias y los delincuentes, agresores y agredidos, buenos y malos. Si existe tal cosa.

Un primer 11 de septiembre separó a los mapuche rebeldes de los españoles avecindados en Santiago. Müchuimalongko (Michimalonco) bajó del cerro en 1541 y quemó Santiago, esa primera fogata divisoria gigante y que duró hasta que terminó de quemarse todo. Barricada gigante que constituiría la primera e indisoluble línea divisoria entre un pueblo rebelde y los invasores de ultramar, cuya fogata no ha terminado de consumirse todavía mientras estemos separados pu mapuche y el resto de los chilenos.

El segundo once nos encontró divididos y polarizados frente a una muchedumbre que irrumpe en la política. Una época capaz de separar incluso a las sólidas élites en dos grupos: por un lado, los que acompañaron la marcha del Pueblo unido hacia el gobierno revolucionario, y por otro, los que resguardando la libertad y la posición social que su trabajo les había asegurado, invirtieron sus energías en recuperar el país mediante una dictadura militar. Nadie, sin embargo, vio venir la magnitud del golpe militar, lo burdo del bombardeo a La Moneda, el escándalo de miles de desaparecidos, torturados y asesinados. Nadie en su sano juicio, si existe tal cosa, vio venir los 17 años de corrupción, de privatización a escondidas y de abuso de fuerza. Tanto duró la fogata, esa barricada descomunal que separó sin tregua a la derecha a la izquierda, a los ricos y a los pobres, a los prófugos y a los sapos, a los oprimidos y a los opresores, que la transición nos ha costado muchísimo. Y cuando parecía que terminábamos de transitarla con un éxito torpe y lleno de ambigüedades, los matices de este primer gobierno de derecha renuevan nuestras líneas divisorias con una actualidad que impresiona. Mucho más sofisticados a estas alturas, le hacemos el quite a las discusiones de fondo: cuando discutimos el lucro en la educación, nos dicen que lo que importa es la calidad; cuando discutimos el modelo, nos llaman intransigentes, obstruccionistas, agitadores.

También el secuestro de los aviones que terminaron estrellados el 11 de septiembre del 2001 contra el World Trade Center nos habla a nosotros, porque esa indignación poderosa en lucas y en armamento desborda Manhattan y EE.UU, y configura una barricada enorme e imbatible que separa el mundo occidental de "las minorías terroristas". Una fogata válida para arder en Irak, en Afganistán o en el Líbano. Válida por supuesto para juzgar a los comuneros mapuche según nuestra propia ley anti-terrorismo, como si esto fuera una categoría especial de intención al delinquir que puede ser discernida imparcialmente por un juez.

Todos los años hay un 11 de septiembre, ocasión para brindar por los caídos, celebrar sus motivos y sus vidas, pero sobre todo para entender nuestras profundas líneas divisorias. Mientras no escarbemos en las raíces de nuestra diferencia, mientras no celebremos la diversidad de Chile, mientras no renovemos el pacto que nos haga sentir genuinamente representados en las instituciones políticas, no cerrarán nuestras líneas divisorias. Mientras todo eso no ocurra, no se apagarán las barricadas ni habrá ningún tipo de paz.

Porque la paz (si existe tal cosa) es encuentro, no silencio.

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10Aug/110

idea de canción

La complejidad
de lo que dices y del ritmo con el que lo dices
me pilló en mal momento,
me sorprendió
volando bajo.

La perplejidad
de no saber dónde encontrarte
ni quién eres ahora
me hace buscar a ciegas,
me hace perder
la perspectiva.

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15Jul/112

Una ley para NO-casarse y la importancia de NO confundirse.

Ahora que se envía para su discusión un proyecto de ley acerca de las uniones civiles entre personas del mismo sexo (o “uniones no-matrimoniales”), vuelve a tener vigencia y hasta urgencia esta columna que quise escribir hace un par de semanas, en respuesta al texto en que la Tere Marinovic llama a “no confundirse” porque -argumenta- “la homosexualidad es una anomalía”. Y tiene vigencia y urgencia porque intuyo que detrás de la necesidad de decir que estas nuevas uniones civiles son explícitamente “no-matrimoniales” se tratan de evitar por secretaría tres cosas que valdría la pena discutir de manera amplia: a) qué tan iguales ante la ley son las diversas sub-poblaciones del género humano de nacionalidad chilena, b) la posibilidad de adopción por parte de “matrimonios homosexuales”, c) la posibilidad de “contagio” de la condición homosexual a los hijos. A su vez, estos tres ítemes que tanto pánico causan entre los conservadores, descansan sobre la premisa de nuestra amiga Tere respecto a que la homosexualidad es anómala, si no derechamente una enfermedad. Y cuando digo derechamente, no estoy tratando de hacer un chiste político, sino hablando del mismo paradigma que hizo al senador Larraín decir que la homosexualidad era una perversión comparable a la zoofilia, y que Pablo Simonetti ha insistido en llamar “heteronormatividad”. Así nomás.

En su columna, Marinovic plantea que hay una estrecha correlación estadística entre homosexualidad y promiscuidad, enfermedades de transmisión sexual y desequilibrios mentales. Para hacer su argumento cita autores que hipotetizan que la homosexualidad es consecuencia de la neurosis y que han ensayado métodos clínicos para revertir la homosexualidad, de manera que el individuo tenga un comportamiento sexual acorde a su sexo biológico. Asimismo, cita una carta publicada en la revista Pediatrics que argumenta que los hijos de padres homosexuales podrían presentar la misma conducta en la adultez con mayor probabilidad que las personas criadas en entornos heterosexuales (estas y otras referencias no citadas en este texto, en su blog).

No es una conducta, sino una identidad de género.

Lo primero que llama la atención es que en todo el argumento (y en el de otros conservadores, letrados y no-tan-letrados) se asocia la homosexualidad con un “comportamiento sexual” desplegado por un individuo que en términos biológicos al fin y al cabo es macho o hembra, hombre o mujer, como si la sexualidad resultara simplemente de la interacción entre los genitales y el medio ambiente. Entre el sexo cromosómico y la sexualidad humana, hay al menos dos distinciones o niveles adicionales que resultan importantes: la identidad de género y la elección del objeto de deseo sexual. No hay ninguna duda que la expresión de genes, la función hormonal y la genitalidad exterior van a determinar parcialmente la identidad de género; pero sin lugar a dudas, también lo harán las experiencias de afecto, de duelo, de admiración, de imitación. Y este entramado irá construyendo identidad de manera siempre diversa, compleja e impredecible en el inconsciente; es decir, NO se pueden sacar conclusiones lineales. A su vez, la elección del objeto de deseo sexual da lugar a una diversidad enorme con la que se matiza todavía más la conducta, de manera que no es solamente el despliegue de una capa superficial de deseos, sino una pulsión del mismísimo núcleo de la identidad. Es tan complejo y denso el modo como el género y el deseo se arraigan en la identidad personal, que el que diga que se puede disectar, transformar o siquiera predecir a partir de datos simplistas como el sexo genital o el género de los padres, probablemente miente o es huevón. Aunque quien lo diga sea el Centro de Bioética de la P. Universidad Católica, a través del artículo de Mons. Fernando Chomalí (Chomali et al., 2008), estas afirmaciones son de un reduccionismo aberrante.

Hay quienes van más lejos. Y a propósito de la correlación entre homosexualidad y neurosis, han propuesto que tratando los desequilibrios, los orígenes traumáticos y los tabúes que van configurando la neurosis sería posible corregir “la conducta homosexual” (Van Den Aardweg, 1997). De hecho en la Universidad de Los Andes hay un centro en que se estudia y trata clínicamente la homosexualidad como si se tratase de una enfermedad mental y no de una configuración de la identidad de género. ¿No es una hipótesis más atractiva intelectualmente que el choque entre las expectativas y la configuración de una identidad de género homosexual genere crisis y construya una personalidad neurótica?, ¿no será la represión ambiental, el juicio de los otros e incluso el juicio moral del individuo mismo lo que hace a más homosexuales neuróticos? Es decir, ¿por qué la neurosis podría conducir a homosexualidad, no es más obvio que la homosexualidad reprimida desate la neurosis?

En efecto, sería posible argumentar que la prevalencia de enfermedades de transmisión sexual y de algunas enfermedades mentales es más alta entre la población homosexual como consecuencia de la marginación y la discriminación, del secretismo y la vulnerabilidad social. Y esa hipótesis tiene bastante más sustento clínico y teórico que la que utiliza la Tere en su columna y Chomalí en su paper, al menos desde la perspectiva de los psicólogos con los que he comentado este asunto en el último mes. ¿O conoce usted algún homosexual que no haya vivido con muchísima dificultad su proceso de reconocimiento y de identificación con lo homosexual? Y ni hablar de la “salida del clóset”, donde finalmente, aunque se haya aceptado íntimamente la identificación con un género homosexual, puede pasar mucho tiempo antes de poder hablar con naturalidad de eso incluso en ambientes familiares y de amigos. Se carga con el duelo de otros, se frecuentan círculos cerrados con códigos propios y se establece una situación de mucha vulnerabilidad emocional, y en demasiados casos la soledad y las precarias herramientas para vivir arrojan a etapas vitales de mucho desenfreno y promiscuidad. Indudablemente otros viven este proceso más acompañados y no se sienten expuestos a nada de lo que las estadísticas les achacan. Pero desconocer esta causalidad al opinar con ligereza es muy irresponsable.

Nada que sanar.

Y con esto no estoy haciendo una apología de “lo homosexual”. También a mi me parece que ser homosexual es una condición que limita, entre otras cosas por el impacto que tiene en el entorno y por la renuncia a la función procreativa. Pero me parece delicado sugerir que es una enfermedad o una anomalía que daña al individuo humano, puesto que la imposibilidad procreativa solo afecta en términos poblacionales y ningún daño ejerce sobre el individuo. La homosexualidad me parece naturalmente indeseable para la totalidad de la humanidad, porque entonces pesaría sobre nuestra especie la extinción, pero me parece que está muy cerca de ser neutral para el individuo humano, en tanto no limita esencialmente su libertad de sentido. Más aún, me parece que lo verdaderamente dañino es alimentar la ilusión de que la identidad de género se pueda revertir, en tanto prolonga el duelo de quien aún no acepta su condición, que en plena adultez ya es un dato. No hay aquí nada que sanar.

Es evidente que la homosexualidad no es “genética”, no solo porque la mayor parte de los homosexuales del mundo tiene padres heterosexuales, sino porque la influencia del ambiente es crucial en la configuración de la identidad. Precisamente por este efecto ambiental es que a muchos les da pánico que la homosexualidad pueda “contagiarse” de padres a hijos en la crianza, y de hecho esto ha constituido el impedimento fundamental para otorgarles el derecho del matrimonio y de la adopción co-parental en Chile, dejémonos de cosas. Yo mismo he defendido diferenciar en la nomenclatura el contrato de unión civil “matrimonial” y “conyugal” para hacer bypass de este asunto, pero ya no se puede más, el tema ha saltado por sí mismo.

De hecho, la columna de Tere Marinovic cita una carta publicada en la revista Pediatrics, donde la Dra. Ana Martín-Ancel muestra datos que sugieren que la probabilidad de que un adulto sea homosexual es mayor cuando ha sido criado por homosexuales que si fue criado por heterosexuales: 9% son no-heterosexuales, cuando en la población mundial la proporción se estima en 1% (Martín-Ancel, 2002). Algo muy interesante, es que dicha carta junto con otra aparecida en el mismo número de la revista (pero que no aporta dato científico alguno), son respuestas a un reporte técnico en que la asociación americana de pediatría revisa la literatura del tema y decide avalar la adopción co-parental por parte de padres del mismo sexo (Perrin et al., 2002; Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health, 2002). Tras revisar la literatura, lo que me parece francamente más interesante no es el incremento teórico de un 8% en la prevalencia de la homosexualidad, sino el abrumador 91% que habiendo sido criado por padres homosexuales es heterosexual. No sé para ustedes, pero para mi juicio de científico este dato es absolutamente esclarecedor.

Adopción y matrimonio.

Así las cosas, me parece que en términos de la regulación legal, habría que poner muchísima más atención en la estabilidad familiar y la idoneidad psicológica de los padres adoptivos que en su identidad de género. Me parece perfectamente posible que una pareja homosexual que considera seriamente su rol de padres frente a su hijo y a la sociedad, pueda representar para el niño simbólica y eficazmente los roles que le permiten configurar su identidad. En consecuencia, creo que no hay ninguna razón consistente para evitar que chilenos del mismo sexo contraigan matrimonio civil en condiciones equivalentes a las de las parejas heterosexuales, sin olvidar que hay parejas homosexuales y heterosexuales que eventualmente no se constituyen como cónyuges para procrear y que merecen ser reconocidas por la ley.

Creo que más aún, se abre para nuestra iglesia católica -recia defensora de reservar la palabra “matrimonio” para nosotros los heterosexuales- un tiempo de preguntas serias respecto a su magisterio que aunque no condena a la persona, reprocha la “conducta homosexual”, culpabilizando injustamente una identidad de género. También en este aspecto el senador Larraín, los obispos Fernando Chomalí y Felipe Bacarrezza, y por supuesto, nuestra amiga María Teresa, deberían ser más cuidadosos. Cuidadosos con el lenguaje y fieles al evangelio, para usar su aparición en los medios de comunicación para acoger y acompañar, y no para excluir.

Usted, no se confunda.

 

1. Chomali F, Carrasco MA, Ferrer MM, Johnson P, Schnake C (2008) Algunas consideraciones para el debate actual acerca de la homosexualidad. :1–60
2. Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health (2002) Coparent or second-parent adoption by same-sex parents. Pediatrics 109:339–340
3. Martín-Ancel A (2002) Adoption by same-sex parents. Pediatrics 110:419–20; author reply 420
4. Perrin EC, Committee on Psychosocial Aspects of Child and Family Health (2002) Technical report: coparent or second-parent adoption by same-sex parents.
5. Van Den Aardweg G (1997) Homosexualidad y esperanza: Terapia y curación en la experiencia de un psicólogo.
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Filed under: polis, realidá 2 Comments
20Jun/110

La lacra del lucro

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28Mar/110

Carta abierta de laicas y laicos de la iglesia.

(Yo adhiero a esta carta y usté también puede adherir escribiendo a iglesiaentretodos@gmail.com. Me da gusto que ya esté circulando en algunos medios de comunicación y este mes saldrá extractada en la Revista Mensaje. El original está en Iglesia entre todos. También pueden leerla aquí mismo, tras el salto...)

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Filed under: credo Siga leyendo...
23Mar/110

Para qué aborto

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22Mar/110

Puedo volver a escribir de todo.

Puedo empezar, mejor dicho, a escribir de todo.
Por ahora un proyecto de post-doc, una tesis de Pe-hache-Dé,
uno que otro post, un flujo incesante de tuiteos, una melodía para religar
o para corromper.
Reiterar en mi escritura eso que está pasando en cualquier lado,
recóndito rincón escondidito o
iluminada luminaria pública.

Yo puedo regresar,
repetir en mi idioma lo que pasa allá afuera,
asomarme a lo que escurre de adentro por estas cavidades de la cara.

Ahora que supervivo entre tragedia y tragedia,
en el feliz espacio del que está a punto de nacer a algo bello,
con los pies en el barro siempre y de todos modos, oscurecido por una vergüenza evolutiva,
puedo escribir palpando lo que sea,
versificando la prosa prosaica de una versión del verso que perdió el horizonte del ritmo de sus padres.

Estoy impresionado con los sismos enormes, con las inundaciones,
con la fuga y el fuego radioactivo, y con el bombardeo sobre Libia,
con el derrumbe de la concesionaria poderosa que a veces se atribuye la representación exclusiva de Dios Nuestro Señor, en lugar de ser mamá y profe como su vocación indica.
Impresionado del dolor del abuso, del dolor de la pobreza,
de la herida de la marginación,
de la irracionalidad para tomar pose sin haberse parado a pensar qué carajo haces ahí.

Puedo escribir de nuevo sobre eso, sobre vos,
y sentir que las teclas del computador van haciendo crecer el musgo que cubra el relleno sanitario.
Para que empiece todo nuevamente.

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21Mar/110

de la cintura para arriba

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27Feb/113

Un año después

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13Feb/110

Bielsa

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